Dom. Sep 25th, 2022

La libertad y la educación no solo son pilares de la democracia, sino, en sí mismas, liberadoras del alma y la conciencia.

La educación requiere de mecanismos que posibiliten el desarrollo intelectual como el espiritual.

Nuestra propia Constitución establece claramente que el Estado debe contribuir a la mayor realización espiritual y material posible y, es por tal motivo que, para avanzar a dicho orden teleológico constitucional, las condiciones para el ejercicio de este derecho debe estar garantizado sin ninguna ambigüedad.

Consolidar un proceso de derechos individuales, una educación que fortalezca la democracia (alejada de ideologías) y defender el necesario e irrestricto derecho de los padres a educar a los hijos, es causa de que éste derecho fundamental humano e inmanente permanezca inmutable en nuestra vida republicana.

Es por tal razón que el Estado debe apartarse de querer inmiscuirse, a so pretexto de “evolucionar” en materias que no le competen y no está llamado a intervenir, sino solo para asegurar la calidad, su acceso y la no ideologización de los proyectos educativos.

Cabe destacar que la educación confesional entra en la categoría de proyectos educativos de trasfondo valórico y espiritual con criterio pedagógico que está, además, garantizado por nuestra Constitución y debe ser reconocida y respetada por los gobiernos.

Lamentablemente, todo esto no se vio reflejado en el proceso constituyente que se resuelve este 4 de septiembre en cuanto a, justamente, negar todo lo anterior y fomenta, por el contrario, una identidad ideológica que deviene en un proceso de influencia que intenta imponer, hegemónicamente, una idea de sociedad en la construcción de una educación que crea al hombre -esclavo- nuevo (que sería la instrucción ideológica), en términos marxistas, ya que no habría cabida para el despertar de un verdadero nuevo hombre sino mediante la praxis de la libertad y educación que, si lugar a dudas, no se da con la intervención estatal con extrema ideologización como ocurre hoy en nuestro país.

En efecto, la disputa del poder se da en estos relevantes aspectos de la vida democrática y cabe a todos los profesores y académicos reconocer, relacionar y propender a la no radicalización ideológica que sobreviene en la concientización de los educandos.

La salida del despeñadero al que se quiere llevar la educación y la libertad hacen imperioso dar un esfuerzo mayor estos días.

La historia política y la valoración de una filosofía de la educación libertaria requiere de actores que la defiendan, como a sus fundamentos, principios morales y éticos de una sociedad judeo cristiana occidental, la que debe volver a las aulas, no sin antes, eso sí, vuelva a las conciencias de los educadores.

Oscar Almazán

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