Durante un tiempo, Starlink apareció como una solución casi milagrosa para quienes vivimos fuera de los grandes centros urbanos o en zonas donde la conectividad tradicional llega tarde, mal o simplemente no llega. Y debo reconocer que, en mi caso, el servicio cumple en lo esencial: entrega una conexión estable, suficientemente rápida y confiable para trabajar, navegar, consumir contenido e incluso realizar transmisiones en vivo.
Mi experiencia concreta, con la antena bien instalada y correctamente posicionada de acuerdo con la propia aplicación de Starlink, ha sido de alrededor de 150 Mbps de bajada y 25 Mbps de subida. No es una cifra menor. De hecho, esa velocidad me ha permitido realizar mis streamings habituales sin invitados con bastante tranquilidad, algo que en una zona rural no siempre es fácil de conseguir.
Hasta ahí, todo bien.
El problema aparece cuando uno mira el precio.
En mi caso, comencé pagando el plan de $35.000 mensuales, pero para acceder a un rendimiento más adecuado tuve que pasar al plan de $47.000. Hace apenas unos días, además, recibí una notificación de Starlink informando que, a contar del próximo mes, ese valor subirá a $50.000 mensuales.
Es cierto: no estamos hablando de un alza dramática. Son tres mil pesos más. Pero también es cierto que es un aumento sobre un servicio que ya estaba ubicado en un rango alto de precio, especialmente si se compara con otras alternativas de internet disponibles en el país. Y ese es justamente el punto que me parece relevante discutir.
Starlink tiene una enorme virtud: lleva conectividad de buena calidad a lugares donde muchas veces no existe una opción equivalente. Para una familia que vive en un sector aislado, para una parcela fuera de radio urbano, para quienes trabajan desde zonas rurales o para emprendimientos turísticos alejados de las ciudades, puede ser sencillamente la única solución razonable. En esos casos, el precio puede justificarse porque no se está comparando contra otra oferta similar; se está comparando contra la desconexión o contra servicios muy deficientes.
Pero la situación cambia cuando el usuario sí cuenta con otras alternativas, aunque sean algo menos estables o menos veloces. Si una conexión local cuesta cerca de un tercio del valor de Starlink, la pregunta se vuelve inevitable: ¿vale la pena pagar tres veces más por una mejora que, siendo real, no siempre resulta indispensable?
En mi caso, la respuesta ya no es tan clara.
Starlink funciona bien. No tengo reparos en reconocerlo. Su estabilidad es bastante superior a la de muchas soluciones inalámbricas tradicionales, y su tecnología representa un avance notable. Pero cuando el costo mensual comienza a acercarse a los $50.000, el servicio deja de ser una decisión obvia y pasa a ser una decisión que debe evaluarse con cuidado.
Porque una cosa es pagar más por una solución realmente insustituible, y otra muy distinta es seguir absorbiendo alzas en un servicio que, para ciertos usuarios, compite con alternativas bastante más económicas. Y aunque esas alternativas no ofrezcan exactamente el mismo desempeño, pueden ser suficientes para las necesidades cotidianas de muchas personas.
Desde esa perspectiva, creo que Starlink corre el riesgo de alejarse de parte de los usuarios que lo vieron inicialmente como una herramienta de democratización de la conectividad. Si su propuesta termina concentrándose en quienes no tienen otra opción o en quienes están dispuestos a pagar una prima cada vez mayor por estabilidad, entonces su atractivo se reduce considerablemente.
No se trata de desconocer el mérito del servicio. Starlink ha cambiado la realidad de miles de personas en zonas apartadas, y probablemente seguirá siendo indispensable para muchos hogares y negocios. Pero también es legítimo decir que su estructura de precios empieza a tensionar la relación entre costo y beneficio, especialmente para quienes sí disponen de otras posibilidades de conexión.
Mi conclusión, después de usarlo y de valorar lo que entrega, es bastante simple: Starlink es una muy buena solución cuando no hay una alternativa comparable. Pero cuando sí existen otras opciones, aunque sean algo más modestas, pagar $50.000 mensuales comienza a ser difícil de justificar.
Y esa es, al menos por ahora, la sensación que me deja el servicio: técnicamente sólido, útil y confiable, pero cada vez menos convincente en su precio.