Blog Post

La Vereda TV Chile > La Vereda TV > Cómo la izquierda acabó con la izquierda: el colapso de un ciclo político en Chile

Cómo la izquierda acabó con la izquierda: el colapso de un ciclo político en Chile

Durante las últimas semanas, la política chilena ha comenzado a mostrar con mayor claridad un fenómeno que se venía gestando desde hace años: la fractura interna de la izquierda. Lejos de tratarse de una disputa circunstancial o de una simple reconfiguración de alianzas, lo que hoy observamos es el colapso de un ciclo político completo, construido sobre promesas, épica y superioridad moral, pero incapaz de sostenerse cuando debió enfrentar la realidad del poder.

El término del gobierno de Gabriel Boric no solo marca el cierre de una administración. Marca el agotamiento de un relato que logró movilizar a amplios sectores de la sociedad desde el año 2019, pero que comenzó a desmoronarse en el momento exacto en que debió traducirse en gobernabilidad, coherencia y resultados concretos.

Una unidad construida desde el rechazo

La llamada “unidad de la izquierda” que emergió con fuerza tras el 18 de octubre de 2019 no fue el resultado de un proyecto común de país. Fue, más bien, una unidad negativa: una convergencia basada en el rechazo compartido al modelo económico, a la transición, a los llamados “30 años” y a todo lo que simbolizara el orden político previo.

Este tipo de unidad puede ser altamente eficaz para protestar, movilizar y ganar elecciones. Sin embargo, resulta profundamente frágil al momento de gobernar. Gobernar exige jerarquizar prioridades, administrar escasez, asumir límites y hacerse cargo de las consecuencias. Allí fue donde comenzaron a aparecer las contradicciones.

El choque entre épica y realidad

La llegada al poder del Frente Amplio, junto al Partido Comunista, se construyó sobre la promesa de ser “distintos”: no transar, no negociar principios, no repetir las prácticas del pasado. Sin embargo, el ejercicio real del gobierno les exigió exactamente lo contrario: acuerdos, gradualidad, pragmatismo y renuncias.

Este choque generó una tensión profunda, no solo política, sino también psicológica. Una generación que construyó su identidad como oposición moral absoluta terminó enfrentada a la necesidad de parecerse a aquello que había criticado. De ese conflicto nacieron los dobles discursos, las justificaciones forzadas y, finalmente, la pérdida de credibilidad.

El quiebre del relato y los procesos constituyentes

Los dos procesos constituyentes se transformaron en el espejo más claro de este desgaste. El primero, dominado por una épica refundacional, terminó con un rechazo contundente que no fue técnico, sino cultural. La ciudadanía expresó con claridad que quería cambios, pero no imposiciones, ni discursos moralizantes, ni una desconexión con la identidad del país.

El segundo proceso, en cambio, evidenció cansancio y desapego. Sin épica ni movilización, el proyecto dejó de ser aspiracional y pasó a ser meramente administrativo. En política, esa transición suele ser letal.

Dos izquierdas, una oposición fracturada

A medida que se aproxima el fin del gobierno, las diferencias internas que durante años permanecieron ocultas bajo el poder comienzan a aflorar. Hoy es evidente la existencia de, al menos, dos almas dentro de la izquierda chilena.

Por un lado, el Partido Comunista, con una lógica de confrontación permanente, disciplina ideológica y uso del conflicto como herramienta política. Por otro, el Frente Amplio, atrapado en una crisis identitaria entre su origen como movimiento moral y su realidad como partido de gobierno. A ellos se suma el llamado Socialismo Democrático —Partido Socialista, PPD y Democracia Cristiana— cuya lógica no es épica, sino administrativa, y cuya principal preocupación es la gobernabilidad y la supervivencia política.

El paso a la oposición rompe el incentivo que mantenía unida a esta coalición: el poder. Sin ese factor, los acuerdos se disuelven y cada sector busca salvar su propio espacio.

La otra cara del problema: la derecha que dejó de ser derecha

Este colapso no puede entenderse sin mirar también el rol de la derecha tradicional. Durante décadas, partidos como la UDI, Renovación Nacional y Evópoli compartieron una cultura política de acuerdos permanentes con la centroizquierda, diluyendo progresivamente sus principios en nombre de la gobernabilidad.

La renuncia a la batalla cultural, a la defensa explícita de la libertad económica como principio moral y a un relato propio dejó un vacío que fue llenado primero por el Frente Amplio y, más recientemente, por nuevas fuerzas políticas que se presentan como alternativas al sistema completo.

Cuando izquierda y derecha se parecen demasiado en la forma de ejercer el poder, la ciudadanía deja de votar por proyectos y comienza a votar por castigo. Allí nace la antipolítica, el desprecio por los partidos y la sensación de que “da lo mismo quién gobierne”.

El fin de un ciclo

Lo que Chile está viviendo hoy no es solo el término de un gobierno ni siquiera el cierre de un ciclo de izquierda. Es el agotamiento de una forma de hacer política basada en acuerdos sin relato, en promesas sin coherencia y en una desconexión creciente con la ciudadanía.

En ese vacío emergen proyectos que prometen algo elemental pero poderoso: orden, sentido y coherencia. No porque sean perfectos, sino porque el sistema anterior dejó de ofrecer respuestas.

La historia demuestra que cuando la política abandona su función esencial —servir y no servirse— el espacio queda abierto para una reconfiguración profunda. Chile, hoy, se encuentra exactamente en ese punto.

Vea el video completo con el análisis en https://www.youtube.com/live/spBRkCJi0lc