El Presidente electo José Antonio Kast enfrenta uno de los primeros dilemas políticos de alto impacto de su futuro gobierno: la posible postulación de Michelle Bachelet como secretaria general de la Organización de las Naciones Unidas.
La situación no es menor. Kast llega a La Moneda tras una victoria contundente, con casi 20 puntos de ventaja sobre la candidata oficialista Jeannette Jara, respaldado por un electorado que expresó con claridad su rechazo a la izquierda, al progresismo global y a las figuras que han representado ese proyecto durante las últimas décadas. En ese contexto, cualquier señal de acercamiento hacia Michelle Bachelet genera inquietud, sospecha y una creciente desconfianza en sectores clave de su base de apoyo.
Dos visiones de mundo completamente opuestas
El dilema no es solo político, sino ideológico y simbólico. José Antonio Kast representa un proyecto de derecha conservadora, con énfasis en soberanía nacional, orden institucional, seguridad, crecimiento económico y también debería representar límites claros al globalismo. Michelle Bachelet, en cambio, encarna una visión internacionalista, progresista y alineada con la agenda de organismos multilaterales que han sido duramente cuestionados por el electorado que hoy respalda a Kast.
Para muchos de sus votantes, Bachelet no es solo una ex Presidenta, sino una figura asociada a políticas fallidas, debilitamiento del Estado de Derecho, expansión del gasto público y una mirada ideológica que consideran responsable del deterioro económico y social que vivió Chile en los últimos años. En ese marco, una eventual validación de su candidatura a la ONU se percibe como una contradicción directa con el mandato ciudadano expresado en las urnas.
La reunión que encendió las alertas
José Antonio Kast se reunió durante la jornada de ayer con Michelle Bachelet. Tras el encuentro, y en un punto de prensa que no pasó desapercibido, el Presidente electo señaló que cualquier decisión será tomada el próximo 11 de marzo, fecha en la que asumirá oficialmente el cargo, y que en ese momento dará a conocer su posición definitiva.
La declaración, lejos de calmar los ánimos, incrementó la incertidumbre. En redes sociales y espacios de opinión, parte importante de su electorado comenzó a manifestar preocupación por lo que interpretan como una señal de ambigüedad frente a principios que consideraban intransables. Para muchos, el problema no es solo la decisión final, sino el hecho mismo de abrir la puerta a una evaluación positiva de una figura que representa “todo lo que se quiso dejar atrás” con la derrota de la izquierda.
Política exterior versus mandato ciudadano
Desde una perspectiva estratégica, el dilema de Kast también plantea una tensión clásica: ¿priorizar relaciones internacionales y señales de gobernabilidad externa, o respetar de forma estricta el mandato político interno?. En gobiernos anteriores, este tipo de decisiones se justificaron bajo el argumento del “prestigio internacional” o la “responsabilidad diplomática”. Sin embargo, el escenario actual es distinto.
El apoyo que llevó a Kast al poder no fue moderado ni ambiguo. Fue un voto de rechazo a la elite política tradicional, a los consensos globalistas y a las figuras emblemáticas de la izquierda. Cualquier gesto que se interprete como continuidad, concesión o validación de ese mundo puede erosionar rápidamente la confianza de su base, incluso antes de iniciar formalmente su mandato.
Una decisión que marcará el inicio del gobierno
Lo que ocurra el 11 de marzo no será un detalle protocolar. Será una señal fundacional del gobierno de José Antonio Kast. Definir si respalda, rechaza o se desmarca de la eventual nominación de Michelle Bachelet a la ONU permitirá evaluar si el nuevo gobierno se alineará estrictamente con el proyecto que prometió en campaña, o si optará por una estrategia más pragmática, con costos políticos internos evidentes.
Para un Presidente que llega con un capital político alto, pero con expectativas igualmente elevadas, esta decisión podría marcar el tono de su relación con el electorado que lo llevó al poder. En política, las primeras señales suelen ser determinantes. Y en este caso, el dilema no es solo diplomático: es profundamente político, identitario y estratégico.
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