“Si yo fuera ministro”. Columna de Izkio Redhat

Anuncio
Columna de Izkio Redhat

Las personas que tienen verdadera vocación por el servicio público, son pocas. Poseer al mismo tiempo la pasión y convicción para trabajar incansablemente por el bien común, para darle a la política congruencia y contenido en busca del bienestar social libre de sesgo ideológico, se convierten en una combinación rara, escasa, muy difícil de encontrar entre quienes ostentan cargos públicos.

Anoche precisamente soñé que me ofrecían ocupar el cargo de ministro, aunque por más que intento recordar, no estoy seguro de qué cartera. Sí recuerdo que en un primer momento reaccioné con euforia, pensé que sería mi oportunidad para desarrollar un sin fin de ideas que hace tiempo tengo para ayudar a mejorar la situación de millones de personas, entre ella -cosas que sólo ocurren en los sueños- podría impulsar una disminución importante del tamaño del Estado.

Y, es que esa es una idea que ronda por mi cabeza desde hace un par de décadas: disminuir la cantidad de senadores y diputados y lograr que trabajen con amor por su labor recibiendo a cambio sueldos “reguleques” de dos o tres palos, en lugar de los 20 millones o más que reciben actualmente.

Además desvincular, hasta que duela, a todos los operadores que han ido quedando apernados en los servicios públicos Gobierno tras Gobierno, y así permitir que el trabajo en cada repartición fluya con miles de personas que hay ahí, quienes sí piensan en el país y en la gente antes que en sus beneficios personales. Los hay, conozco a varios y los admiro profundamente.

Otra acción inmediata por la que trabajaría con verdadera convicción, es la jibarización de los ministerios. Hace unos días me puse a contar las carteras que operan en Chile, y no debí haberme sorprendido pero sí me produjo un pequeño espasmo en las cejas enterarme que tenemos 23 ministerios. 23 reparticiones diferentes cada una con sus edificios distribuidos en todo el país, miles de funcionarios pagados con millonarios sueldos, infraestructura tecnológica, muebles, pagos de cuentas básicas, celulares por montones, autos nuevos cada año con el combustible, estacionamientos, peajes, tag, cambios de aceite, pinito aromático y chofer incluídos. Todo pagado con los impuestos que generan las personas que trabajan duramente día a día quienes, ingenuamente, piensan que esas contribuciones van directo en beneficio de todos los chilenos y no se dan cuenta que el 80% queda en manos del propio estado y su gigantesco e inútil tamaño.

Desde entonces me he preguntado ¿Es realmente necesario tener esta cantidad de ministerios? No entiendo cómo naciones vecinas como Perú que tiene 19 ministerios (4 menos que Chile), o como Estados Unidos que tiene apenas 15 secretarios (el símil a nuestros ministros),  o Reino Unido con 20 Secretarios de Estado, o suiza con apenas 7 Consejeros han podido funcionar hasta ahora.

Lo que ocurre en Chile se parece mucho a lo que pasó en Venezuela, donde poco a poco comenzaron a aumentar los ministerios, y hoy llegan nada menos que a 34 carteras.

¿No será que Chile compró la misma franquicia política que Venezuela? Dicen que en Cuba, que cuenta con 32 ministerios, la ofrecen barata. A cambio de unos dólares mensuales. Ahí enseñan con manual cómo despilfarrar el erario nacional entre operadores políticos.

Al despertar no estaba realmente seguro si lo que tuve fue un sueño o una pesadilla. Me serví un café y encendí el televisor, donde vi al Ministro de Salud hablando acerca de cómo va todo con el famoso Covid-19 y las cifras en Chile. Luego, entrevistaron a una tal “izkia”, a un Aguilar y a otra tipa de apellido Figueroa. Apagué el televisor. Todos ellos en lugar de aportar con ideas, vomitaban críticas contra el ministro, quien en su intervención mostraba sendas ojeras, una voz cada vez más pausada y los hombros un poco más encorvados que ayer. Como si tuviera el peso de la salud y la vida de todos los chilenos sobre su espalda.

Me serví un segundo café mientras leía los periódicos online y las redes sociales. Nuevamente leí fuertes ataques de diputados, senadores y una enorme fila de verdugos de redes sociales esperando “atrapar” a Mañalich para enjuiciarlo en la plaza pública. Según los políticos de oposición, el aumento de casos por coronavirus es su culpa y no el comportamiento irresponsable de miles de chilenos que atienden los llamados que su mismo sector realiza para reunirse en protestas, o ir a comprar en masa, o irse en semana santa fuera de sus ciudades, o actuar pensando que todo esto es un invento del Gobierno, o simplemente “una exageración”. Después de todo, esos mismos diputados no hacen nada positivo, sólo ocupan su tiempo en ataques ideológicos y andan preocupados de un plebiscito en lugar de resolver los problemas de la gente.

Disculpen, tiendo a apasionarme y termino caminando por las ramas. Regresemos:

Buscan desprestigiar al ministro que está ahí fuertemente atacado, para conseguir que se vaya. No importa que la propia OMS y gobiernos de todo el mundo estén alabando la gestión de Mañalich por la contención que ha logrado con una curva de hospitalizados y fallecidos que el 95% de los países donde el virus ha atacado, no ha conseguido.

Lo que importa para la izquierda irracional, es ver caer al ministro porque lo hace bien, y eso no le conviene para sus planes de poder. En lugar de colaborar para que la salud de los chilenos esté resguardada con medidas eficientes, trabajan día tras día sólo para intentar derribar a un ministro con verdadera vocación pública. Sólo tienen interés en sus réditos políticos, y creen que atacar al Gobierno y a sus ministros, y esperar que ojalá mueran muchos miles de personas para demostrar que el ministro lo hacía mal, les permitirá acusarlo constitucionalmente “por genocidio” y, en lo posible, ajusticiarlo en una horca.

Apagué el computador, dejé la taza de café a medias… Me quedé sentado y cerré los ojos por unos instantes. Ser servidor público es tener el espíritu de un suicida. Es someterse al escarnio político permanente ejercido por una izquierda destructiva, miserable, que no aporta en nada.

Fue entonces que recordé cómo había terminado el sueño: conmigo tirado en el suelo, herido y sangrando. Mi jefe, mirando desde lejos observando sin defenderme con fuerza como yo hubiera esperado. Las muecas ansiosas con extraño rictus de varios diputados del PC y del FA acompañados por miles de rostros de perfil de las redes sociales, todos en cuerpos de hiena acercándose, expeliendo baba y espuma por el hocico… hasta que desperté.

Definitivamente todo fue sólo una pesadilla.

Izkio Redhat

Comparte, difunde!

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*