Desconfianza: La tercera crisis que vive Chile

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Por Enrique Romo

Hace algunos años, Francis Fukuyama escribió su libro titulado Trust, en que resumía, desde su punto de vista, lo que la confianza significaba para los países y las sociedades. En resumen, la confianza, y mejor aún las confianzas, son….TODO. Sin ella o ellas, no pasa nada, es como andar desnudo en las estepas con 25ºC bajo cero: no circula la sangre, se adormece la iniciativa, y el cerebro y órganos vitales dejan de funcionar.

En Chile hemos vivido desde hace tiempo en una situación de falta de confianza, agudizado desde el 18 de octubre del año pasado, en una insurrección donde lo que parecía buscarse era poner en cuestión absolutamente todo en la sociedad, bajando así la confianza en el país a cero o C, paralizando la actividad, la iniciativa e incitando al temor del otro a tal punto que no pudiera haber comunicación y menos negociación inteligente o creación de riqueza. La pandemia vino simplemente a empeorar esa situación de desconfianza, esta vez por ser otro, un posible “peligro letal” de contagio involuntario.

Un tal ambiente, se habría beneficiado con un movimiento de unidad y acuerdo, ayudando un tanto a recobrar un mínimo de confianza y a “descongelar” al país para empezar a trabajar más inteligentemente, pero desgraciadamente, a pesar de la pandemia, la estrategia de algunos sectores de seguir minando las confianzas y “quitando el calor vital” al cuerpo social, no ha disminuido. Por eso no nos debería extrañar ver un pronóstico oscuro y enredado que hace perder las esperanzas a una población vapuleada por los eventos de meses y una economía a la baja producto de políticas inadecuadas de gobiernos anteriores.

La cura para ese mal está en liderazgos efectivos que, en tales circunstancias son vitales en crear un “foco de energía” que haga que los bordes de ese foco inundados de desconfianza, violencia y caos se desdibujen y disminuyan su nefasta influencia lo suficiente para no entorpecer una gestión eficaz hacia un futuro económico más robusto y dinámico.

EEUU, sorpresivamente para algunos, se ha visto afectado por una onda temporal de violencia y destrucción muy parecida a la violencia insurreccional, quizás más enraizada, de Chile. Sufriendo el mismo asedio del virus y también experimentando el mismo nivel de odiosidad de una oposición ultra negativa (nunca ha reconocido una sola cosa buena de la administración) , malevolente (trato de deshabilitar al presidente con mentiras y falsas acusaciones de colusión con Rusia) y caustica (demuestra su odio hacia lo que el presidente valora: la familia, la libertad, la propiedad privada, la Constitución), EEUU parecía condenado a una situación pantanosa como la de Chile que amenazaba su futuro. Sin embargo, la realidad resulta ser muy distinta. EEUU ve hoy con entusiasmo la recuperación del impulso creador en los números de su bolsa y niveles de empleo, no solo sorteando con éxito la pandemia y las vitriólicas críticas de su manejo, sino también superando la negatividad y los impedimentos reales e inventados para una mejor sociedad que la oposición trata de imponer.

Fuera de las diferencias obvias en el nivel de desarrollo de ambos países y del poderío económico de EEUU que Chile simplemente no posee, hay un elemento, sin embargo, que si es esencial entender y que hace la diferencia en la circunstancia de ambos países ante el futuro y la prosperidad. Ese elemento es la capacidad del liderazgo en mantener un foco de energía tal que sea capaz de desdibujar la negatividad de la oposición, la destrucción y nihilismo de los violentistas y los lastres de la epidemia; y siga proyectando un optimismo sin límites y una promesa de despejar la pista para el despegue económico con todos los beneficios de empleo y mayor prosperidad que recaigan en la población afectada tanto por la destrucción y violencia de sus fuentes de ingreso por una parte, y la pandemia, con la paralización e imposibilidad de generarlos.

Esto debería poder reconocerse en nuestro medio: Piñera comenzó su campaña con la idea de un futuro mejor; implicando que la economía seria la marea ascendente que elevaría todas las embarcaciones, repartiendo oportunidades y prosperidad. Para el presidente Trump este tema ha sido constante y presente en todos sus discursos a pesar del sesgo contrario de la prensa, el odio hacia su persona de vastos sectores de la sociedad, y la colusión de sectores de la burocracia y sistema de seguridad para desbaratar su administración. La diferencia hoy es que Piñera -que ha sufrido males similares- en su liderazgo debilitado, abandono ese foco de promesa de prosperidad y no uso la administración para facilitar el desarrollo económico. Mas aun, permitió que las amenazas de violencia e insurrección le quitaran el foco de energía necesario para el progreso económico, reemplazándolo por un mensaje basado en políticas de redistribución y parches a muchas deficientes situaciones como la de las pensiones; y abandono la defensa de las instituciones como fuera el caso de comprometerse (a modo de salvavidas) a una consulta sobre una posible nueva constitución.

Trump, al contrario, nunca cedió ante la insurrección. No se dejó intimidar. No dejo que le quitaran el foco de energía, plantándose firme ante gobernadores y alcaldes de circunscripciones progresistas, exigiendo poner fin a la insurrección, llamándola por su nombre, contrario a lo que hiciera Piñera que categorizara lo que ocurría a fines del 2019, como un descontento social legítimo. Trump también coopero a fondo con los gobernadores progresistas de Nueva York, Nueva Jersey y California, en proveer los materiales necesarios para el manejo de la pandemia y que estos últimos y la administración federal anterior, habían olvidado de procurar. En esto último Pinera no ha fallado y ha sido eficaz, pero si ha evitado hablar de la violencia delictual aun presente, intimidado tal vez por la amenaza de usar la mañosa interpretación de los DDHH en su contra.

Hoy, y a pesar de la pandemia y la violencia destructiva se observa un “estallido” de optimismo en EEUU y sus mercados apuntan a una recuperación clara y cierta, con promesas de un repunte que incluso pudiera superar la prosperidad que existía antes de la pandemia. Trump toma la bandera y sigue animando a las personas a creer en América y a hacerla grande de nuevo. En ningún momento pierde el foco de energía y aun en los peores momentos, ha mantenido la grandeza de su país, de su sistema (perfectible, sin duda) y la confianza en un futuro prometedor para todos.

Piñera por su parte, ha logrado ganar puntos de aprobación en los sondeos, en parte por su adecuada gestión de la crisis sanitaria, pero aun no es capaz de recuperar la bandera de la promesa económica para reponer el foco de energía que desdibuje la negatividad y vitriolo de sus opositores. No ha utilizado la comparación favorable de Chile con relación a sus vecinos, en donde se podría sugerir la grandeza de su sistema (sin duda, perfectible) tanto institucional como económico, y que sirviera para contagiar a la asustada clase media de un orgullo nacional y de un optimismo necesarios que no estén solo basados en promesas vacías. Piñera ha jugado como la selección de antaño, a la defensiva, conformándose con empates, a sabiendas que así no se gana.

Ante tal vacío de liderazgo necesario para la reanimación del país en lo social y principalmente en lo económico, la sociedad en general debe auto inyectarse ese entusiasmo, adoptando el foco de energía que ayude a ver lo posible y no solo dificultades infranqueables. Piñera no parece tener en su persona ese liderazgo ardiente de un Lord Byron en la lucha contra “el turco” para liberal el mundo clásico del yugo Otomano, pero debe encontrarlo en alguna parte. Debe recobrar su fe en el sistema de libre empresa, el único capaz de sacar al país de su letargo y decadencia. Debe diseñar las reformas necesarias, pero no destructivas de lo positivo logrado hasta ahora. Pero lo más importante debe persuadir a la clase media de invertir sus talentos para la creación de riqueza y esmerarse en salir adelante creando la prosperidad perdida, en parte. Pero a la vez, Pinera debe indicar el camino de la organización espontanea de la clase media comprometiéndola a una labor de acudir en ayuda de los más afectados por “las crisis”, haciéndoles ver que no están solos, que el estado no es necesario cuando la gente se entre ayuda. Es el caso de la Fundación Los Lagos en Acción, que representa un esfuerzo enfocado de ayudar y desarrollar de un grupo de individuos interesados en hacer del país algo grande y bueno. Estas soluciones pasan por la articulación de las poblaciones locales en cada región en organizaciones espontaneas (que ya parecen estar operando en varias regiones) que logren poner el foco de energía al centro de sus vidas y desdibujen el mal y la violencia descerebrada que ven a su alrededor y que algunos ya consideran como crónica. Es ese el liderazgo necesario para conseguir ese foco de energía para la creatividad y la creación de un futuro prometedor, donde nunca se pierda la idea que la confianza es el mayor bien que una sociedad pueda darse a si misma si no se descuida y deja que al caos y la mentira se apropien de la misma.

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