Cuando no hay Constitución ni Gobierno

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Desde el 18 de Octubre en adelante, y sin que siquiera nos percatáramos, Chile perdió al Gobierno y a su Constitución. Para las últimas elecciones presidenciales elegimos, por amplia mayoría, un presidente de la República que defendería nuestra Constitución con todo lo que ello implica, todo lo escrito en sus artículos que han garantizado a lo largo de las décadas tener un país en orden, progresando y respetuoso de las libertades y las leyes.

Cuando votamos quienes le dimos un 55,5% de las preferencias a Sebastián Piñera, muchos lo hicimos a sabiendas que no es la persona más adecuada para administrar el país en todos sus aspectos, ya lo conocíamos de aquel primer periodo iniciado el 2010 y luego entregando el mando con una siniestra sonrisa nuevamente a Michelle Bachelet. Sin embargo, y tal como es ya conocido, se trataba del “mal menor”. La alternativa era un periodista de poca monta quien, además de tener como único mérito la exposición mediática para su llegada a la política, prometía destruir el país, apoyar un proceso constituyente y meter las manos a los bolsillos de quienes producen en el país, para entregárselo a quienes no producen.

Así las cosas ¿Qué alternativa teníamos aquel 17 de Diciembre de 2017 cuando acudimos a las urnas en segunda vuelta, salvo confiar en que Sebastián Piñera trabajaría para los chilenos, para esa amplia mayoría que respaldaba su regreso al poder?

Asumió su segundo mandato el 11 de Marzo de 2018, y a tan sólo 863 días ejerciendo como presidente de la República, somos testigos de la autoría del que es probablemente el peor Gobierno que ha tenido Chile en toda su historia republicana.

No solamente ha dejado de cumplir todas y cada una de sus promesas de campaña. Tampoco ha trabajado para entregarnos al finalizar su mandato, al menos el mismo país que le entregamos nosotros para administrar. Hoy vemos cómo en el Congreso, diputados y senadores pasan por encima de la Constitución que ellos y el propio mandatario juraron defender, y nadie en realidad la protege. Las comisiones de Constitución en ambas cámaras son utilizadas para torcer la propia Carta Magna. Y no se trata solamente de parlamentarios de izquierda, como podría esperarse, sino de representantes oficialistas. Sí, esos mismos que colocamos en esos escaños para ayudar al presidente a llevar al país por la buena senda, la de las libertades, la justicia, el respeto, los valores republicanos y, por sobre todo, la senda del progreso y el orden en un país que, a pesar de los enemigos internos que posee, venía en buen pie gracias a la propia Constitución y al respeto hacia las leyes.

Sebastián Piñera Echeñique ha sido el gestor de la demolición de Chile. Muchos pensarán que no lo es, que él ha sido una víctima de la izquierda y su permanente accionar contra la democracia en el país, principalmente desde el Congreso. Nada más alejado de la verdad. El presidente de la República tiene facultades constitucionales que permiten detener en seco a quienes intenten pasar por encima de la institucionalidad del país. Sin embargo éste presidente tomó un rumbo impensado: optó por el globalismo, probablemente cegado ante la confusión entre globalismo y globalización, y se ha dejado arrastrar por las corrientes de una maquiavélica conspiración de izquierda amparada bajo el disfraz de los “derechos humanos”, en todo el mundo.

Su amor por ir “a la moda” ha llevado al país entero hasta un punto que parece no tener retorno y de esta forma permitió que Chile se sometiera a todos los designios que organizaciones internacionales de izquierda como la ONU tenían preparados para nosotros, los chilenos. Permitió que una amplia minoría se transformara en la que dicta las nuevas leyes desde la calle, con violencia, pasando de una democracia a una emocracia (mandato por las emociones) o, peor aun a una oclocracia (Gobierno de las muchedumbres) y, colocándonos a todos al borde del precipicio institucional.

Finalmente terminamos siendo gobernados por alguien peor que el propio Alejandro Guillier, de quien conocíamos al menos sus intenciones. El engaño por parte de Sebastián Piñera ha sido de tal magnitud, que hoy va en picada en las encuestas y, probablemente llegará a los niveles históricos más bajos en esta medición. El problema para los chilenos es que esto a él no parece importarle, lo único que lo mantiene firme en su debilidad es la esperanza que al parecer tiene, de no ser juzgado por las instituciones internacionales de Derechos Humanos. A cambio, ha comprometido la paz, seguridad y libertad de todos los chilenos. Sobre todo de aquellos chilenos que lo colocaron en La Moneda.

¿Cómo le llamaría usted a esta actitud del mandatario?

 

 

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