Cuando el distanciamiento social ya no importa

Por Enrique Romo

Si hay algo que la “crisis’ o “estallido” en EEUU -conocido por algunos como “insurrección oportunista anárquica”- ha hecho por el mundo, es clarificar el grado al que la política ideologizada, progresista de izquierda, penetra el discurso funcional del día a día y cómo esto podría determinar el curso de la historia.

Lo que era importante y urgente solo ayer y se hacia cumplir con penalidades severas en algunos estados, es hoy algo sin importancia. La tacita aceptación de los desmanes por parte de las autoridades de algunos estados, donde no se respetó el tan mentado distanciamiento social, y donde la turba vociferante no portaba máscaras y las gotas de saliva rociaban el ambiente, así lo demuestra.

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¿Habrá contagios a partir de este estallido delictual? Muy probable. ¿Habrá penalizaciones para los responsables? Poco probable.

La pandemia del Coronavirus, con sus protocolos de cuarentena totales, emergencias y alarmas, insistencia en el lavado de manos y el distanciamiento social, ha pasado repentinamente a segundo plano. Hoy el centro de atención esta en “estallido social” provocado por el homicidio de un hombre, visto como ejemplo de racismo sistémico contra la población negra, y que lleva al enjuiciamiento de una sociedad entera por los sectores más radicales, que la critican como irremediablemente discriminatoria y desigual. Así se da rienda suelta al actuar violento que, por una de esas casualidades, coincide con un periodo preelectoral en el país. Con esto se quiere definir, si no, imponer, la agenda y el sentido de la lucha política, para los próximos meses.

El Coronavirus que había servido de plataforma para criticar brutal e incesantemente al gobierno federal, ahora hay otra plataforma, quizás más potente y movilizadora de algunas minorías étnico-raciales y sobre todo jóvenes radicalizados. El Coronavirus a pesar de su peligro letal, ya no es tal en los noticieros. Se cayo por si solo y a pesar de que la actividad económica es lenta debido a precauciones de buen sentido, ya no se habla de lo importante que es cuidarse y aislarse.

En la inconfundible y habitual formula progresista, la realidad se define según sentimientos e intereses del momento. Hoy, según trabajadores progresistas de la salud, el suprematismo blanco, representa un riesgo sanitario mayor que el Coronavirus, porque aumenta las diferencias materiales que desfavorecen a las minorías raciales y favorecen a la mayoría blanca dominante.

Esto no es teatro del absurdo, ni Alicia en el país de las Maravillas, es verdad. En marzo se decía que la supuesta colusión del presidente Trump con Rusia y luego con Ucrania para, en el primer caso, ganar las elecciones del 2016 y en el segundo, para desrielar la campaña de su rival Joe Biden; ponía en peligro al país y la democracia. Se ocuparon dos años y se gastaron US$ 45 millones en ese proceso, sin encontrar ninguna pista que corroborara lo que se tomaba como ciencia cierta, de que Trump había ganado gracias a esa colusión con Rusia. A pesar de que Trump fuera deshabilitado por la Cámara de Representantes a propósito de la supuesta campaña sucia en Ucrania en contra de Biden, el proceso no prospero en el Senado y todo volvió a cero.

De Rusia a Ucrania el foco fue cambiando. Por un tiempo el manejo de la crisis del Coronavirus era la mejor base para atacar a Trump. De pronto y partir del terrible homicidio de George Floyd por parte de un policía blanco de Minneapolis, todo se fue por otro lado, como un barco azotado por grandes olas que lo hacen casi capotar por el deslizamiento de su carga. El racismo sistémico, que se insiste es evidente en el homicidio de George Floyd, es lo que les permite a grupos radicales violentistas hacer el trabajo sucio de la izquierda demócrata, creando caos y destrucción en un movimiento altamente exitista y fraudulento. En esta revuelta, la prensa y los demócratas encontraron otra base para atacar a Trump sin cuartel y para exportar “buenismo”. De acuerdo con estos, la indiferencia de Trump pone en peligro no solo la democracia sino también la unión del país y el bienestar de las comunidades raciales minoritarias, que son las más vulnerables, sobre todo ante lo que se da en llamar el suprematismo blanco cuyo objetivo sería acabar con la comunidad negra.

Lo fraudulento de esto, es que antes del comienzo de la pandemia, las políticas de Trump habían conseguido crear niveles históricos de más y mejor empleo, para las minorías, con aumento de ingresos. ¿Como puede considerarse eso como indiferencia o racismo sistémico? Por otra parte, el mayor enemigo de la juventud negra marginal es la misma juventud negra marginal. Mas homicidios de jóvenes negros son cometidos por otros jóvenes negros en arreglos de cuentas pandilleros, y si bien miembros de esa comunidad están encarcelados en proporciones más alta que su porcentaje en la población total; es también cierto que cometen más delitos violentos que otros grupos. Por lo que, si existe una preocupación de las policías frente a estas comunidades, es por esta razón. Sociológicamente, Walter Williams así como Shelby Steele y Thomas Sowell, todos distinguidos miembros de esa comunidad en lo académico, están de acuerdo en que las políticas asistencialistas instaladas en los gobiernos demócratas desde Roosevelt hasta Johnson, han contribuido grandemente e la disolución de la familia negra y con ello, a la ausencia de la figura paterna en los hogares, dejando en descontrol a los jóvenes que se dejan llevar por la influencia de los diferentes grupos y pandillas en sus barrios. Este punto de vista es confirmado por otros comentaristas negros como Larry Elder, y el Dr. Ben Carson, ahora ministro de la Vivienda en el gobierno de Trump. Asimismo, las malas escuelas en los barrios negros, hace aún más difícil la salida de estos jóvenes de un ambiente corrosivo por medios legítimos. El trafico de droga y la delincuencia común son las formas de ganarse la vida para un numero no poco significativo en la comunidad negra.

El despegue de la recuperación de la actividad económica en EEUU que ya ha dado señales de prometer tanto o más prosperidad en los próximos dos años, que, en los últimos tres años, suena las alarmas para demócratas y ultraizquierdistas, por lo que, el ataque frontal de los extremistas tiene como propósito descarrilar ese progreso económico y demostrar así el fracaso del sistema y del gobierno de Trump en particular y así impedir su reelección. Para sostener su postura extrema, argumentan que el capitalismo y el “racismo sistémico” de la sociedad americana, van de la mano, y siendo sistémicos, no tienen solución sino es a través de la transformación total y revolucionaria de la sociedad completa. Si a los chilenos de buena voluntad esto les suena familiar, no es coincidencia, es un ejemplo mas que lo que el mundo enfrenta es una “pandemia” ideológica diseñada para transformar el mundo y acabar con la supuesta injusticia capitalista a través de la justicia social revolucionaria, orientada utópicamente a arrasar con las limitaciones impuestas por el estado-nación y las estructuras verticales de sus instituciones.

Naturalmente, y por registro histórico conocido, esta postura es utópica y por lo tanto imposible. Su uso devela la mentira que contiene y que, si llegara a ser realidad, al menos en el control político de la sociedad, esto se vería rápidamente transformado en una dictadura tiránica y feroz, limitadora de la libertad, y productora de miseria y desesperación.

Al centro de este movimiento que ha prendido con fuerza en diferentes países, provocando grandes manifestaciones de protestas, esta el movimiento Black Lives Matter (BLM), creado hace algunos años, y que ha ido mutando de su origen ambientalista y LGTB, a una organización capaz de provocar enorme caos a diferentes niveles de la sociedad, intimidando a políticos tibios para que expresen “buenismo” como Trudeau en Canadá que se arrodillara el domingo durante una manifestación en Ottawa, o Mitt Romney ex candidato republicano a la presidencia, que participara en una de las manifestaciones de BLM repitiendo los lemas. BLM determina agendas con su intimidación de figuras mediáticas que se pliegan a su narrativa, como en Minneapolis donde el consejo municipal sugiere eliminar el departamento de policía, y donde su alcalde, que se niega a llevar esto adelante, es vilipendiado y marginado. BLM también se esmera en reclutar miles de niños y jóvenes blancos para que denuncien su propia cultura y civilización, resultado de largos años de adoctrinamiento en las escuelas públicas de EEUU.

Se progresa entonces a partir de una estrategia de, primero, deslegitimizar la elección del presidente Trump, para luego pivotear y atacarlo por incompetencia al no detener la pandemia, para después cerrar el ciclo de engaños y mentiras con el detonante del asesinato de George Floyd, y pasar a un ataque frontal de toda la sociedad americana como racista e inherente e irremediablemente desigual.

Como el Coronavirus y sus brazos adherentes, Black Lives Matter y sus asociados de Antifa, también pretende adherirse a las células sanas de la sociedad americana y apropiarse del legado del movimiento por lo derechos civiles que Martin Luther King creara, movimiento que ayudara a la sociedad americana a crecer como una sociedad de tolerancia y derechos. Pero King rechazo absolutamente la violencia y la destrucción. King no buscaba destruir el sistema capitalista sino hacer que el sistema reconociera a cada hombre por el valor de su carácter y no por el color de su piel. Es una mentira mas que este movimiento o fenómeno pretende vender como legítimo.

Si nos trasladamos a Chile podemos ver interesantes paralelos y similitudes, tanto en estrategias, narrativa y tácticas. Los tiempos actuales son función de una tecnología que permite expresar la imaginación a niveles insanos, pero también de organizar mentes frágiles e infelices, a unirse a un movimiento liberador de las angustias existenciales que siempre acechan a la humanidad. La búsqueda de una salida racional a todo esto pasa necesariamente por el coraje de enfrentar la mentira con la verdad y el convencimiento de que la libertad merece cualquier sacrificio por lo que el trabajo es mucho y arduo.

 

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